27/12/2013 – Balbuceos (04): El visir al-Azraq en El Llibre dels Fets

By on 26/12/2013

Post publicado en el blog privado Las noches de Perputxent (diario de una leyenda) el 01/03/2009. Todo cuanto en él se expresa corresponde a los primeros balbuceos del proyecto literario La Montaña Azul y, por tanto, no tiene por qué corresponderse con el resultado final del mismo.

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Relata Jaime I en su Crónica que, al poco de entrar la Cuaresma de 1258, un sarraceno amigo de al-Azraq le envió un mensajero cristiano. Este mensajero le propuso un plan para desabastecer los castillos del visir, de modo que, en caso de asedio, al-Azraq no tuviera más opción que rendirlos. De esta manera se fraguó la traición que, unos meses después, acabaría con el destierro del Moro.

Curiosamente, en algún pasaje de la Crónica, Jaime I se refiere a al-Azraq en términos de traidor. Lo acusa de romper el Pacto del Pouet y, también, de haber mentido en el hecho de Rugat con el fin de tenderle una emboscada y acabar con su vida. Por estos motivos, especialmente por el segundo, Jaime le tomó malquerencia y, en cuanto tuvo la menor oportunidad, trató de desmerecerlo. Eso mismo sucede, a mi entender, cuando en el pasaje 376 de la Crónica el aragonés relata los hechos que acabaron con el sarraceno: “I l’endemà, oïda la missa, ens n’anàrem a Alcalà; i ell (al-Azraq) no ens hi gosà esperar i es traslladà a Gallinera. I nós anàrem a Alcalà, perquè allà tenia més forçes que no en els altres llocs. I no volem parlar de totes les accions que férem, perquè el llibre s’allargaria massa; però el huité dia recobràrem Alcalà, Gallinera i setze castells que ens havia pres, i pactà amb nós que eixiria de la nostra terra per sempre, per a no tornar-hi mai més. I donàrem Polop a un nebot seu, que el tinguera durant la seua vida, i això per tancar el pacte entre nós i ell”. Don Jaime se jacta de que, ante su venida, al-Azraq abandonase el castillo de al-Qal’á y se refugiara en el de Gallinera; sin embargo, tengo la impresión de que este hecho lo tergiversó el monarca aragonés con el fin de insinuar una actitud cobarde por parte del visir o, mejor aún, por darse importancia a costa de la cobardía del otro. No debió suceder así, pues a pesar de la traición sufrida, al-Azraq negoció desde la fuerza y consiguió algunos privilegios tras capitular sus castillos. No, al-Azraq no era un cobarde, y de haber contado con los medios y/o alianzas necesarias no sólo le habría plantado cara sino que, a buen seguro, le habría tomado muchos más castillos de cuantos le tomó en su día, como así lo reconoce el propio rey en el pasaje 366 de su Crónica: “La segona raó, que és molt forta, és que, si per ventura, i per pecat dels cristians, algun dia s’arribaren a posar d’acord els sarraïns d’una i altra vora de la mar i es revoltaren els sarraïns de les viles, tants castells ens prendrien, a nós i al rei de Castella, que tot aquell que ho oïra s’admiraria del gran dany que prendria la cristiandat”.

No es el Llibre del Fets una crónica objetiva, como lo demuestran las no pocas omisiones, contradicciones y tergiversaciones que detectamos durante su lectura. Que los historiadores disculpen la comparación, y que me entienda quien me sepa leer, pero hoy día la Crónica de Jaime I semejaría al discursillo de un político en el cierre de campaña, cuando en su resumen obvia aquello que no conviene y enfatiza los deméritos del contrincante. Demostrado queda en la Crónica cómo Jaime I faltó a su palabra al incumplir los acuerdos de capitulación de Valencia, que le obligaban a dar una tregua de siete años a los territorios al sur del río Júcar; y demostrado queda también en el capítulo 361 que fueron los cristianos quienes rompieron el Pacto del Pouet al tomar el castillo de Gallinera antes del plazo convenido. Puede que al-Azraq incitase a la ruptura, que conspirase con Alfonso X contra los intereses de la Corona de Aragón, que procurase la preservación de sus territorios por todos los medios a su alcance, pero si esto fuese así, se sirvió de la astucia, la estrategia y la diplomacia para defender aquello que le pertenecía.

Llibre dels FetsOtro intento por mancillar la imagen de al-Azraq lo constatamos en el pasaje 556, donde se cuenta su regreso, en 1276, tras dieciocho años de destierro: “I estant nós a Xàtiva, tinguérem notícia d’aquells cavallers genets que havien entrat a la terra, i decidírem de trametre-hi uns quaranta homes a cavall per reforçar la vila d’Alcoi, i de posar guarnició al castell de Cocentaina, per on aquells genets havien de passar. I, quan uns dos-cents cinquanta cavallers d’aquells gentes arribaren a Alcoi per combatre, en la lluita sofriren gran mal, i, a més, perderen el seu cap anomenat al-Azrac, que ja una altra vegada s’havia alçat amb alguns castells del dit regne, els quals hagué d’abandonar, i li calgué eixir de tot el país per sempre més (…)

Sobre las razones que motivaron el regreso de al-Azraq he encontrado, al menos, dos versiones: la que exalta el valor del Moro y la que, por contravenir su palabra, la denigra. Analicémoslas.

Desconocemos los orígenes de al-Azraq, la fecha y el lugar de su nacimiento. Sin embargo, estamos en disposición de asegurar que en 1276 el visir era, cuanto menos, sexagenario. Así, el hecho de presentarse en Alcoy tras cabalgar varias jornadas junto a 250 jinetes granadinos, en efecto, demuestra una aptitud física y un valor fuera de lo normal. Sin embargo, que el visir cayese muerto a las puertas de Alcoy, en la primera escaramuza, no viene sino a confirmar su avanzada edad. No, no parece verosímil que el Moro, como cuenta la Crónica, comandara la expedición granadina, ni tampoco, que las razones que lo llevaran de nuevo hasta allí fueran de índole bélica. Por lo poco que lo conozco, me extrañaría sobremanera que buscase venganza, más bien al contrario, que viniese en busca de paz: paz interior, espiritual. Al-Azraq tenía madera de líder y no me lo imagino regresando a sus territorios con la intención de secundar un alzamiento que llevaba cerca de un año produciéndose, si acaso hubiera venido antes, para liderarlo desde el principio. Sí me lo imagino aprovechando la coyuntura del alzamiento y el envío de refuerzos benimerines desde Granada para ofrecer su guía a cambio de que los jinetes lo escoltaran hasta los que fueran sus dominios. Por aquel entonces, sesenta años eran muchos (tantos como hoy ochenta) y es muy posible que al-Azraq sintiera la proximidad de su muerte. Recordemos que Jaime I tenía por entonces 68 años y que moriría aquel mismo año, tres meses después que el visir musulmán. Tampoco es de extrañar que, como sucede a menudo, el moribundo trate de encontrar la muerte donde su madre lo trajo al mundo. Así, es posible que al-Azraq considerase aquella expedición como la última oportunidad para reposar en su tierra. No, no tiene sentido que a su edad quisiera comandar un ejército, y si formaba parte de la avanzadilla que trataba de cruzar Alcoy, no fue para entablar combate con los cristianos del lugar, que bien fortificado se encontraba Alcoy por aquellas fechas, sino porque formaba parte del señuelo para la emboscada que estaba por llegar.

Pese a la muerte de al-Azraq, los cristianos sufrieron una importante derrota, pues fueron víctimas de una emboscada en la partida de la Canal, cuando perseguían a los jinetes musulmanes en su retirada. Muchos cristianos murieron, y los que lograron sobrevivir, los llevaron cautivos hasta la Peña Foradada, en la vall de Gallinera, como se ha constado documentalmente. De este modo fue que al-Azraq, como el Cid, ganó su última batalla después de muerto. Es muy posible que los jinetes alcanzaran la vall de Gallinera por el camino de Benifallim y que, como era su voluntad, al-Azraq hallara sepultura en el mismo lugar que le viera nacer. Quién sabe…

Sea como fuere, esta teoría me parece más verosímil y humana que aquellas que, por traición o valentía, lo sitúan al frente de un destacamento al que, a la postre y por razones de edad, abandonaría a las primeras de cambio. Encontrar la muerte en el campo de batalla era un gran honor, la mejor de las recompensas («¿Qué esperáis para nosotros sino que obtengamos una u otra de las dos más hermosas recompensas: la victoria o la muerte?». El Coran. Sura 9, 52).

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