EL LLANTO DEL PETIRROJO

EL LLANTO DEL PETIRROJOLo reconozco: treinta años después de abandonar la escuela, las secuelas de una educación represiva y religiosa percutían todavía en mi memoria. Sí, urgía vomitar todos aquellos miedos que el catecismo escolar había incrustado en mis más tiernas entendederas y la escritura de El llanto del petirrojo devino el purgante y la terapia que sanó mis dolencias. En adelante, el dios antropomorfo y contradictorio que proclamaban los púlpitos salió de mi vida, y esta tomó un nuevo rumbo y adquirió un sentido pleno.

Consumido y desahuciado, Aquilino Sorribas regresa al Maestrazgo para morir. Los escombros de la guerra sepultaron para siempre los lejanos recuerdos de su infancia y hasta los atormentados meses del anarquista condenado a muerte, otrora insufribles, parecen sucumbir ante el implacable mazo del sometimiento franquista que percute cada día. Todo es miseria y desolación en su memoria, hasta que su nieto de nueve años irrumpe en su vida.

No, ya no necesito esconder que los protagonistas de esta novela formaron parte de mí: uno habitó mi corazón durante los inocentes años de la infancia; el otro despertó poco a poco de su letargo conforme el pensamiento comenzó a fluir libre en la adolescencia.

El llanto del petirrojo fue finalista del premio Azorin de novela en su edición de 2009.