06/10/2012 – Jaime I: genocida y criminal de guerra

By on 05/10/2012

(…) Cuentan quienes lo vivieron que el camino parecía un río de tullidos, de mujeres, ancianos y niños deslizando entre las montañas: una serpiente de cinco leguas que se perdía en el horizonte. Partieron temprano, ateridos de frío, escoltados por una compañía de caballeros armados; y así anduvieron durante los días más fríos del invierno, hasta alcanzar el castillo de Villena en la frontera con el reino de Castilla, donde la nieve y el hielo los aguardaba.

De ese modo trató el Perro a nuestros padres, mujeres e hijos: cómo íbamos a perdonárselo (…)

(Las lunas de Perputxent – Cap. XVII)

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El 6 de enero de 1248, desde el púlpito de la catedral de Valencia, Jaime I proclamaba el decreto para la expulsión de los sarracenos del reino. Apenas unos días después se enviaban cartas a todas las comunidades musulmanas comunicando que sus miembros debían abandonar sus casas, sus tierras, sus antepasados, sus recuerdos, todo, y caminar la polvorienta senda del destierro.

Todo apunta a que la ruptura del acuerdo que los feudales firmaron con el visir al-Azraq (Pacte del Pouet) fue el pretexto que justificó tan drástica resolución, una decisión que supuso la anulación de todos los acuerdos de capitulación alcanzados en otros lugares del reino. Sin embargo, en virtud de lo expresado por boca del propio monarca en el capítulo 361 del Llibre dels Fets acerca de lo acontecido alrededor del castillo de Gallinera en otoño de 1247 se podría deducir que fueron los feudales quienes quebrantaron lo pactado, hipótesis que sostienen los más ilustres historiadores actuales. De ser así, podría concluirse que el Tirano había forzado la ruptura del acuerdo con la finalidad de procurarse una coartada y librarse así de todos sus compromisos. No sería la primera vez que lo hacía.

Es de entender, por tanto, que tan arbitraria expulsión moviera a la desesperación de quienes afectaba. Así, fracasadas todas las delegaciones que los musulmanes enviaron por tratar de evitar el destierro, el drama se materializó una mañana del mes de febrero, en las inmediaciones del castillo de Montesa, cerca de Játiva, donde según cuenta la Crónica de Jaime I unas 100.000 personas partieron hasta Villena fuertemente escoltadas, camino del reino de Murcia y de Granada. La mayoría de los deportados eran mujeres, ancianos y niños según se desprende de las palabras del rey (…i els que no combatien ni podien prendre castells eixiren de la terra…), en cualquier caso gente inocente que nada tenía que ver con la revuelta que el visir al-Azraq lideraba en La Montaña. ¿Qué puede decirse de la sensibilidad mostrada por tamaña expulsión de mujeres, ancianos y niños en pleno invierno, en un viaje que en el mejor de los casos podía durar un par de semanas? 

No, no es de extrañar que, una vez consumado el drama, tan arbitraria decisión moviese a la insurrección de quienes decidieron desoír la orden de expulsión y quedar en la tierra guerreando: «(…) I tots es posaren a combatre els castells, allà on podien i on veien que hi havia poca guarnició, i els ajudaven els seus veïns, els qui eren prop d’ells, de manera que tan fortament els combatien, que d’ací i d’allà del regne de València ens prengueren ben bé de deu a dotze castells. I hi hagué gran lluita (…)». Sí, hubo gran guerra: ¿cómo no iba a haberla?

1228 Jaume I el conqueridor

El próximo martes 9 de octubre se conmemora el 774º aniversario de la toma de la ciudad de Valencia; para unos pocos valencianos, sin embargo, el holocausto que los musulmanes valencianos sufrieron a manos del Conquistador no es motivo de celebración en absoluto. En realidad, el genocidio sarraceno se había iniciado una década antes, cuando las huestes de Jaime I irrumpieron en Mallorca como una jauría de perros, y no terminaría hasta junio de 1258, cuando el visir al-Azraq marchó al sur, camino del destierro. Fueron tres décadas de cabalgadas, abusos, tropelías y arbitrariedades, donde el saqueo, el exterminio, el sometimiento y/o la deportación fueron prácticas comunes que afectaron a millones de personas.

Que Jaime I fue un genocida, un criminal de guerra, es algo que él mismo reconoce en su Crónica cuando se vanagloria de sus maldades. El Tirano de Barcelona –así lo llamaban los musulmanes– irrumpió en territorio valenciano como Hernán Cortés hiciera tres siglos después en México: con la cruz por delante, tomando el nombre de Dios en vano, exterminando a cuantos indígenas se resistían a abrazar su religión. Era práctica común. Cruzada y evangelización son términos que a lo largo de la historia de la Iglesia han caminado de la mano por justificar los más horrendos crímenes contra la Humanidad, pues ambos términos guardan connotaciones religiosas en positivo pese a que la ley de Dios prohíbe expresamente matar. Parece que los genocidios vestidos de evangelización y cruzada contaban con el beneplácito de Dios, como si la sangre de los crímenes cometidos en Su nombre se derramara en solemne sacrificio.

Jaime rey, el Tirano, fue un criminal de guerra con indulgencia para matar, un genocida no reconocido como otros muchos habidos a lo largo de la Historia, pues hasta hace bien poco y aun en la actualidad, centenares de reyes, nobles, dictadores, caudillos e iluminados de los más variados lugares, condiciones y religiones han limpiado la sangre de sus crímenes en las más sagradas vestiduras bajo los pretextos más peregrinos. Vale que los actos del Conquistador podrían tenerse por heroicos a la luz de la mentalidad medieval, y que en virtud de ésta se le debe dispensar, pero bien estaría que reconozcamos que las consecuencias de sus actos no son dignas de celebrar. Como valenciano que soy, ni siento los actos que se conmemoran cada 9 de octubre, día de la valencianidad, ni Jaime I, el rey que vino del norte, de allende los Pirineos, me representa. Al contrario, detesto los motivos de la festividad por cuanto no alcanzo a comprender el profundo desconocimiento histórico y la escasa sensibilidad humana que demuestran quienes toman el sometimiento ajeno como motivo de celebración. Si la Valencia actual ha de tener un día motivo de celebración, que no sea a expensas del sufrimiento de quienes tuvieron que abandonarla por muy hijos de la media luna que fueran, que tan valencianos se sentían ellos en el siglo XIII como nos sentimos nosotros en el XXI. Es peligroso que ciertos valores de otras épocas se perpetúen en la actualidad, que la dispensa del tiempo cubra de polvo las voces de los vencidos, que las crónicas de los vencedores acallen por siempre la memoria de los sometidos. Si Valencia necesita un día para reivindicarse, sería bueno que lo buscase lejos del santoral y de los heroicos actos de conquistadores y cruzados.

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